jueves, 2 de octubre de 2014

La historia del martillo

                                                                                        





Un hombre quiere colgar un cuadro. 
Tiene un clavo, pero le falta el martillo. 
El vecino tiene uno, 
de modo que decide pedirle que le preste el martillo.
Pero le asalta una duda:

Duda.

- ¿Y sino quiere prestármelo?
 ahora recuerdo que ayer me saludo
 como distraído,quizá tenía prisa. 
Pero quizá la prisa no era más que un pretexto
 y el hombre alberga algo contra mí. 
¿Qué puede ser? yo no he hecho nada, 
algo se le habrá metido en la cabeza.
Si alguien me pidiese cualquier herramienta 
yo se la dejaría enseguida.
 ¿Por qué no ha de hacerlo él también? 
¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? 
Tipos como este le amargan a uno la vida 
y seguro que se piensa que dependo de él y 
todo porque tiene un martillo.
 Desde luego, es el colmo.

De modo que el hombre sale precipitadamente 

hacia la casa del vecino. 

Toca el timbre, se abre la puerta y 
antes de que el vecino tenga tiempo de decir "buenos días", 
el hombre le grita furioso:

-Sabe lo que le digo 
¡qué se puede usted quedar con su martillo, sinvergüenza!

Furia.

Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, 
pero amargarse la vida a propósito 

es un arte que se aprende.

Fuente: "El arte de amargarse la vida" de Paul Watzlawick.

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